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Tenía que ser en domingo

Tenía que ser en domingo.

Porque es el día en que prestamos atención al canto de los pájaros, a la cadencia de las hojas del árbol amigo, a la belleza inconmensurable de la calma o al llamado inesperado de un amigo.

Un trotecito de criollo que pasa se oye acompasado desde la galería. Miro la baulera que supimos abrir hace apenas cuatro años: Yo vengo de ahí, hermano, de la inmensidad de los silencios, de la sombra de este árbol donde ahora conversamos. De los gallos cantores y los paisanos de pocas y buenas palabras. De la niña que canta como siente, mi niña. De mi compañera, que vuelvo a abrazar ahora mismo, en domingo.

Aquel recorrido en que abrazamos su libro fue un tiempo breve pero a su vez eterno en el que intercambiamos reflexiones y ternura. No sé si él supo cuánto me ayudaron sus palabras a comprender mejor la vida, a quererla un poco más, a subirme a la loma de los valles y entender el valor de lo esencial.

El arte ligado a la coherencia, al rajo de la madera, a las heridas de los caídos, a la belleza de lo simple. Eso es Zuhair Jury. Esa es su poesía. Alguien capaz de emocionarse por los milagros del universo, no solo comprendiendo a la naturaleza, sino compartiendo y agradeciendo su existencia. Y a su vez, asaltado de las brutalidades del mundo al que llaman “poderoso”, capaz de matar de hambre o a balazos a niños y pueblos.

No creía en los cumpleaños, le parecía una torpeza contar en cifras los días y los meses, “un tiempo perdido”, que es mejor ocupar cantando una tonada o arrodillado debajo de un aromo agradeciendo “al espacio hecho bramido”.

Tenía que ser en domingo, en caravana con sus paisanos y sus amores. Una marcha de criollos, mujeres de trenzas negras, rufianes arrepentidos, gallos de riña suspendiendo la pelea. Lo veo a Nazareno con una pancarta, a Juan Moreira con un sol en la frente, al niño que ya no está solo, ahora sonríe.

Un hermano que se queda para siempre.

Elvio Zanazzi

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